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Una madre e hija con una misma vocación: llevar ayuda a las escuelas más aisladas del país

Mirna Cesario tiene 59 años y Anita, su mamá, 87. Desde hace tres décadas asisten a instituciones educativas de comunidades rurales y fronterizas de Salta, Jujuy y Misiones.

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Mirna Cesario tiene 59 años y recuerda como si hubiese sido ayer la nota que leyó una mañana, tres décadas atrás, en un diario: contaba la peripecia de un maestro en Salta, un héroe hasta entonces anónimo que viajaba siete horas en mula desde Iruya hasta el paraje de San Isidro para dar clases en una escuela rancho. La historia le impactó y decidió poner manos a la obra para sumar su granito de arena: con la ayuda de amigos y conocidos, empezó a juntar donaciones para colaborar con esa institución. En ese momento, trabajaba en una fábrica de ropa para chicos, y le pidió permiso a su jefe para que le prestara un espacio donde guardar los útiles y juguetes que empezaron pronto a acumularse.

“Al mes, éramos yo y mi mamá, Anita, las que estábamos haciendo ese viaje en mula a la escuela para llevar todo lo que habíamos juntado”, recuerda hoy Mirna, que vive en Boulogne y trabaja por hora en casas de familia. “Nunca me voy a olvidar de ese viaje: se nos hizo de noche en el camino, atravesábamos precipicios y no teníamos linternas: ¡por suerte había luna llena! Pensar que ahora ese mismo recorrido lo hacemos en camioneta”.

Aquella travesía por los cerros salteños fue el puntapié que dio nacimiento a Sumando Solidaridad, la asociación civil que Mirna y Anita fundaron para brindar asistencia a escuelas rurales y de frontera del norte del país: con un acompañamiento sostenido a lo largo del tiempo, les entregan donaciones de todo tipo (desde útiles escolares hasta termotanques), las apoyan para que puedan hacer mejoras en infraestructura y en la construcción de invernaderos o nuevas aulas, la instalación de radios, paneles solares o sistemas para hacer llegar el agua potable. Todo “a pulmón” y gracias a una cadena de voluntarios y donantes en la que cada uno representa un engranaje fundamental.

“El objetivo es que los chicos de estos lugares aislados puedan tener una educación mejor y las mismas oportunidades que los que viven en las ciudades. Nos duele tremendamente ver escuelas de adobe que se alumbran con velas, donde no hay teléfono o los techos se recubren con nylon para que el agua no entre cada vez que llueve”, dice Cesario.

Confiesa que los pedidos de ayuda llegan a montones, y que por eso buscan priorizar a aquellas instituciones educativas que se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad. Y agrega: “En 30 años, ayudamos a 101 escuelas de las provincias de Salta, Jujuy y Misiones: con todas ellas seguimos teniendo contacto. El mes que viene vamos a empezar a colaborar con otras en San Juan y Corrientes. Mi mamá, que tiene 87 años, sigue viajando conmigo: los chicos le dicen `la seño grande´”.

Fuente: La Nación

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